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SUPERANDO MIS LÍMITES Y CUMPLIENDO UN SUEÑO. ESCALANDO EL CHIMBORAZO.

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Un poco más cerca del cielo 

 

El jueves 9 de enero de 2020 alcancé esa cima soñada de más de seis mil metros.

Todo comenzó cuando estando en Polonia un amigo me hablaba entusiasmado sobre su tierra, su gente, su cultura, y sus volcanes.

El Chimborazo entró en mi mente como algo magnífico, imponente y casi inalcanzable. Desde ese momento empecé a buscar información sobre él. A observarlo entre las nubes a través de los videos que encontraba. Y finalmente lo idealicé.

 

Durante mi estadía en Perú los meses previos, estuve organizando mi viaje junto con mi guía. Valorando el clima, el material que necesitaremos, el presupuesto… hasta que concretamos fecha.

Me di cuenta de que lo idealicé como mi último objetivo y experiencia por vivir en mi paso por Latinoamérica. 

Estos meses estuve haciendo nuevos retos deportivos para mi. Muchas carreras de media y larga distancia. Pruebas exigentes como correr por la selva amazónica. Subir otro volcán de casi 5900 metros. Todo para disfrutar de este país y su naturaleza, y al mismo tiempo me preparaba físicamente para mi gran ascensión.

Viví momentos muy intensos y enriquecedores que no olvidaré jamás, y sé que mentalmente me fueron preparando para el dia que me encontrase frente a ese volcán. Terminé el año lejos de mi familia y amigos, de mi hogar. Tenía una mezcla de emociones que nunca había sentido antes. Pero celebré el nuevo año con ilusión junto a las nuevas personas que había conocido, aunque sabía que tenía que despedirme ya, porque me iría a Ecuador dentro de dos días.

El jueves 2 de enero me esperaban 26 horas de viaje en diferentes autobuses hasta llegar a

la ciudad de Quito. 

Aún recuerdo la última puesta de sol que vi desde la ventanilla antes de salir del país. Nunca había visto el cielo de un color rojo tan intenso.

En el último autobús iba sentado al lado de una señora muy simpática que me dio conversación durante todo el viaje. Al llegar a Quito me preguntó preocupada dónde me iba a alojar, y ella y su familia me llevaron en coche hasta mi alojamiento. 

Es inmensamente gratificante que te traten con tanta amabilidad cuando solo soy un extraño más. Y creo que esto es algo que he aprendido a valorar durante mi viaje. La calidez y cercanía del trato que he tenido de todas las personas que se han cruzado en mi camino. Hay que confiar más en el ser humano.

Antes de llegar a mi alojamiento la hija de la señora me dijo que también le gustaba caminar por las montañas. Así que me invitó a subir el volcán Rumiñahui junto con sus amigos el domingo.

Como aún tenía tiempo y no emprendería mi viaje hacia el Chimborazo hasta el martes, le dije que por supuesto que iría. 

Ese día pude conocer un grupo de buenos amigos que les gusta compartir su afición por la montaña y la naturaleza de su entorno. 

Estuvimos todo el día caminando para intentar alcanzar la cima de 4712 metros pero cuando estábamos llegando el cielo se tornó y oscureció. Yo sabía que era una señal bastante clara para dar media vuelta. Porque a veces la montaña habla y se expresa. Y hay que saber escucharla, saber cuando hay que dar media vuelta y regresar a casa antes de que todo empeore.

Así que bajamos y volvimos a casa con una sonrisa y la satisfacción de haber disfrutado del camino.

 

El lunes fue un día para relajar la mente y el cuerpo, y disfrutar de la gente quiteña. Pasear por sus calles y descubrir el encanto que tiene es algo que me gusta hacer con cada uno de los lugares que visito, porque para mi la mejor manera de conocer un sitio es a través de su gente y las costumbres locales. 

 

Empecé paseando por el casco histórico donde se encontraba mi hostal, en la calle Benalcazar. Luego encontré un monumento al mariscal Antonio José de Sucre, quien liberó finalmente al Ecuador de la dominación española en 1822.

Más tarde estuve hablando bastante tiempo con una señora que llevaba una vestimenta típica de la serranía ecuatoriana. Ella me contó que iban a representar la danza cayambeña, que es considerada como un ritual que realizan los descendientes vivos a sus difuntos ancestros. Y esta toma su nombre del volcán Cayambe. Otro icono de la ciudad.

También descubrí una librería en la que compré una novela histórica para aprender un poco más sobre Ecuador. La trama de esta novela en concreto se desarrolla durante la Revolución liberal del país a finales del siglo XIX.

Finalmente terminé mi paseo matutino visitando la Basílica del Voto Nacional.

Después de comer fui temprano a mi hostal para descansar, porque al día siguiente comenzaría mi gran aventura. Ya estaba todo preparado, y mi guía Christian vendría a recogerme sobre las 7 de la mañana.

A él lo conocí porque es amigo de Nico , quien me había hablado tanto sobre su país mientras estábamos en Polonia.

Ellos estudiaron juntos cuando eran pequeños y me pusieron en contacto.

 

Llegó la hora esperada y pusimos rumbo a la reserva natural del Chimborazo.

Antes de llegar paramos en la ciudad de Ambato para tomar un desayuno y coger fuerzas. Ya que el plan del día era llegar hasta el campo alto (5324 m) para empezar la aclimatación y que nuestro cuerpo se fuera adaptando a la altitud.

Tampoco podré olvidar el tiempo de carretera que disfrutamos hasta llegar, mientras escuchábamos buen rock and roll ochentero y veíamos asomar el masivo volcán sobre el horizonte. Yo estaba embobado con su presencia.

A la entrada de la reserva hicimos el registro y continuamos con el coche. El cual aparcamos al lado del refugio Carrel a 4800 metros.

Desde aquí tardamos una hora y 15 minutos en llegar hasta el campo alto caminando a 5300 metros, donde encontramos unas carpas blancas y una agradable compañía para tomar un café caliente antes de bajar de nuevo.

Estoy contento porque subimos prácticamente en poco tiempo, menos del estimado, y me sentía bien físicamente. También hay que considerar que es el primer día, sentimos más fuerza y no estábamos cargando con nada de material.

 

Subimos al coche y bajamos hasta un refugio que se encuentra a 3800 metros. Uno más pequeño y humilde que está ubicado en la parte alta de un valle inmenso. Esta opción me resultaba más económica y me daba la oportunidad de escalar en unas vías equipadas que había en las paredes del mismo valle.

Es un negocio que ha creado una familia que vive en una comunidad cerca de la reserva.

Y nos dieron un trato excepcional durante mi visita.

Como decoración en la sala grande del comedor tenían una pintura que yo representaba como la Pachamama.

La Pachamama significa Madre Tierra, y es una divinidad que no solamente representa la tierra o la naturaleza, sino todo en su conjunto, sus montañas, sus ríos, sus bosques, y sus animales.

 

Esa tarde salimos a pasear por la parte de arriba del valle, y Christian me llevó a un sitio que sobresale y se aprecia la vertiginosa pared hasta el fondo. Desde allí nos asomamos tumbados y bien agarrados por la sensación de la altura. Es increíble cuando sientes esta pequeña adrenalina.

Estando allí me confiesa que es uno de los lugares que más paz mental le transmite, y yo lo comparto durante ese momento, porque nuestro paisaje se formaba por esa inmensidad del valle con el Chimborazo imponente ante nosotros. La calma se podía respirar.

Comenzaba el atardecer y observábamos cómo el volcán, acariciando el cielo, se cubría con los colores del espectro visible del sol. Los pájaros volaban en todas las direcciones. La luna llena tenía gran presencia sobre nosotros, como si alguien la hubiese colocado justo al lado para que no nos olvidáramos de ella. 

Ese momento no solamente era mágico, era parte de mi preparación mental para el ascenso. Sentía que podía tocarlo y abrazarlo. Y las nubes lo rodeaban como si quisieran protegerlo aún de nosotros.

 

Al día siguiente nos levantamos sobre las 7 para coger fuerzas en el desayuno y disfrutar con lo que más nos gusta a Christian y a mi, un buen café que preparaba él con su cafetera aeropress. Ese aroma te cargaba las pilas.

Caminamos por un sendero empinado que nos conducía al fondo de aquel valle. Por este caía una cascada y formaba un río que llevaba el agua hasta las poblaciones ubicadas más al sur de la región.

El deshielo de las nieves de este volcán proporciona una fuente contínua de agua para las personas que viven a su alrededor.

Una vez abajo nos situamos al lado de unas vías de escalada deportiva, tal vez un nivel 6A+.

Hicimos tres vías de aproximadamente 20 metros de altura.

Recuerdo escalar en esas paredes como si fuese ayer mismo. El tacto de la roca caliza que endurece la piel de mis manos; los líquenes húmedos que crecen entre la tierra desnuda y la piedra, la suave brisa que acaricia tu cara mientras controlas la respiración y piensas en los movimientos que tienes que hacer con las manos y los pies. Es como si estuvieses hablando con ella; la montaña. 

Esta es la sensación de la que hablo continuamente a mis amigos, la sensación de sentirte libre y parte de la naturaleza, de la montaña que estás escalando.

Mientras escalaba escuchaba el agua que caía de la cascada a pocos metros de mí. Si miraba hacia la derecha podía ver cómo el gigante de nieve me observaba.

Escalamos a 3500 metros de altitud y no sentía una aceleración del ritmo cardíaco. Me sentía fuerte, motivado, y tranquilizado por el entorno. Porque era consciente de mi objetivo.

 

Regresamos al refugio para comer y descansar, y esa misma tarde fuimos al refugio Carrel a 4800 metros donde pasaríamos la tarde/noche antes de emprender camino y hacer el intento a cima.

Conocí mucha gente que iba a salir esa misma noche horas antes o después que nosotros. Estuve hablando bastante tiempo con una pareja que venían de Italia para intentarlo. Se les veía con ganas, nervios e ilusión, como al resto. 

Ese día cenamos sobre las cinco de la tarde para poder descansar e intentar dormir algo antes de irnos. 

Yo estaba algo nervioso y salí a grabar unas palabras para un video que quería hacer de recuerdo de este viaje.

Me senté en una piedra detrás del refugio mientras visualizaba la ruta por la que debíamos ascender.

Tampoco quería perderme la puesta de sol desde ese lugar. 

Allí fuera respiré hondo y fue cuando sentí que de verdad había llegado el momento, yo estaba frente a él y viceversa. Ya no había vuelta atrás.

Regrese a la habitación para intentar dormir aunque fue en vano debido a los nervios y el excesivo ruido que hacían las demás personas preparando su material.

 

Christian decía que seguramente llevaríamos buen ritmo y que nos podíamos permitir salir los últimos, pero tomamos esta decisión valorando también la situación. Ya que esa noche más de 20 personas saldrían del refugio para intentar hacer cima, y tampoco queríamos cruzarnos mucho durante el camino para entorpecernos. Porque eran grandes grupos de personas.

Dieron las 10 de la noche y comenzamos a preparar el equipo y todo lo necesario:

botas dobles, pantalón de doble capa, chaqueta térmica de plumas, mitones, cortavientos, casco, piolet y crampones. 

En cada bolsillo de la chaqueta y en la seta de la mochila guardé dos barritas energéticas de chocolate y frutos secos para tomar rápido en las paradas cortas que hiciéramos durante el camino. También llevaba un litro y medio de agua en botellas de aluminio y otro litro de agua caliente guardada en un termo.

 

Son las 11 en punto y estamos los dos preparados en la puerta del refugio. 

Comenzamos a caminar con el frontal colocado en el casco para iluminar el camino por el que vamos pisando. Pero pienso que ni siquiera hace falta porque la noche está despejada y hay una luna llena que ilumina el volcán y todo a su alrededor; es hermoso, y no puedo borrar la sonrisa de mi cara.

Me sentía muy emocionado pero con la mente fría, y valorando el riesgo.

Cuando empecé a disfrutar de la montaña hace tiempo y a practicar deporte en ella, fui desarrollando un enorme respeto que a día de hoy siento que me hace valorar lo que hago y tener claro cuál es el objetivo.

Por eso me gusta decir que para mi hay tres prioridades cuando uno viaja a la montaña y se enfrenta ante un reto de semejantes características.

La primera es llegar sanos y salvos a casa, la segunda es disfrutar el ascenso, y la tercera llegar a la cumbre.

Porque nunca puedes eliminar el peligro por completo en la montaña, pero si podemos prevenirlo, y reevaluar constantemente el riesgo al que nos estamos exponiendo; y pensar si realmente merece la pena continuar.

 

Tras dos horas caminando con aproximadamente 8 kilos de peso en la mochila sobre los hombros, llegamos al campo alto. Donde subimos el primer día para empezar el proceso de aclimatación en altura.

Nos encontramos a 5300 metros y tenemos que colocarnos los crampones en las botas porque comienza a haber hielo, y tenemos que hacer una travesía lateral por debajo de una formación rocosa que presenta gran probabilidad de derrumbamientos. Y hay que pasarla rápido. 

Me comienzo a preocupar porque llevo caminando bastante tiempo con los pies muy fríos, y no es normal. Eso es signo de que no tenemos el cuerpo bien abrigado; nuestro tronco o las extremidades como las manos y la cabeza, siempre tienen que ir bien abrigadas para mantener el calor. Y los pies también.

Pero después de colocarnos el equipo y seguir caminando se disiparon esas dudas porque volvía a recuperar el calor corporal y me sentía a gusto.

 

Estamos escalando el volcán por la vertiente suroeste, y por la ruta que coloquialmente se llama ruta de los castillos. Esto es debido a la pared rocosa que presenta una formación semejante a la de un castillo y que se encuentra en la ladera que hay a la derecha del campo alto.

 

Seguimos caminando con el piolet en la mano, bordeando la pared hacia la derecha hasta alcanzar la lengua glaciar. 

Llegados a ese punto encontramos un tramo de escalada mixta, de roca y hielo en la cual debemos hacer una cordada para autoasegurarnos. 

Pasado este tramo llegamos a una parte más plana desde donde puedo divisar en la pared sobre la cara oeste del volcán, una fila de luces que van desde la base hasta casi la cima.

Eran los casi 20 escaladores que salieron antes que nosotros para intentar hacer cumbre. Parecían hormiguitas siguiendo un recorrido que las llevase al cielo. Era increíble.

Desde ese momento no paramos de encontrarnos a gente a lo largo de nuestro camino que iban dando media vuelta para regresar a casa porque se sentían demasiado cansados o muy mermados de ánimo para seguir intentándolo.

 

Entramos a una de las partes más duras: el glaciar. Aquí hay que sortear algunas grietas hasta llegar a la arista. 

Para mi este tramo es el más decisivo, donde te ves en una pared de algo más de 50 grados de inclinación escalando sin parar e hincando el piolet sin parar para poder ascender mientras controlas el pulso y el aliento.

A nivel mental hay que saber gestionar el posible miedo, la posible incertidumbre de saber si llegarás o no.

Y aquí fue donde tuve un encuentro conmigo mismo. Tuve que sentarme cinco minutos a reflexionar, porque nos encontrábamos a 5800 metros de altitud y llevábamos horas escalando. Mi cuerpo seguía respondiendo bien, y no sentía el mal de altura propiamente dicho. Pero siendo honesto conmigo mismo, sí que estaba algo cansado y sabía que debía guardar fuerzas para el duro descenso. En el que prácticamente no sientes las piernas y tu cuerpo parece que baja solo, pero fatigado por el cansancio.

Así que sentado de espaldas al volcán, observando las primeras luces del amanecer, en esa pared inclinada que me volcaba hacia abajo. Veía todas las ciudades que había alrededor, era hermoso contemplar ese paisaje en el que casi todo está por debajo de tus pies. Porque sientes que ya estás llegando a la cima.

Christian fue sincero y me dio su opinión, pero me dejó tomar la decisión según mis fuerzas. Porque como digo, lo importante no es el ascenso, si no el reservar fuerzas para poder volver a casa.

 

Acabábamos de pasar una grieta con cierta profundidad donde todo se veía oscuro, e inevitablemente tu mente siente pánico.

Este es el momento de valorar a qué monstruo te estás enfrentando, y no es otro que el del miedo.

En ese instante pensé que lo único que tenía que hacer es controlar mi miedo, y gestionarlo.

Me sentía con fuerzas y valor suficiente como para seguir escalando e intentándolo, a pesar de ver a tantas personas darse la vuelta.

Así que seguimos escalando, paso a paso, hincando el piolet, escuchando como las puntas de acero de los crampones iban resquebrajando el hielo. Y es que este es uno de los sonidos que me dan la vida, y la sensación de plenitud y felicidad por el deporte que practico.

 

Pasamos los 6000 metros. Nos vimos situados en la antecima, aunque cuando vas escalando por esa pared continuamente te parece que se ve la cima, pero no es así.

Seguimos escalando y escalando.

Todas las luces que escalaban por encima de nuestras cabezas se habían dado la vuelta para volver a casa sin lograr su objetivo.

Por fin llegamos a la arista que nos llevaba hasta la cima. Por esta vemos descender a dos personas, un guía y su cliente que habían logrado hacer cima. Las únicas personas que lo consiguieron, y se pararon unos segundos a decirnos que lo que habían visto allí arriba era precioso.

Chocaron su piolet con el nuestro y nos desearon suerte. Nosotros seguimos escalando sin parar.

Sabiendo que quedaban pocos metros y una hora escasa, se me saltaron las lágrimas porque comencé a acordarme de mi tio que falleció. Y sentía que la luz del sol que estaba apareciendo sobre la imponente cima era él. Como si estuviera dejando caer una cuerda por esa pared de hielo para ayudarme a subir.

Ahora sí que estábamos llegando a la cima, y me sentí con más fuerzas que nunca.  Después de horas y horas escalando, eran las 8 en punto de la mañana. Nuestra cordada había conseguido llegar a la cima.

Christian y yo caminamos hasta el centro de la cumbre Veintimilla y nos dimos un abrazo. Con las lágrimas en los ojos y una sonrisa en la cara que recuerdo como si hubiese tenido un espejo delante para verme, grito que lo he CONSEGUIDO! 

Estaba en la cima del volcán más alto de Ecuador, el punto más cercano al sol con el que llevaba soñando más de un año y medio. 

Todo el cielo estaba despejado. Daba vueltas en círculos sobre las huellas de mis pies mientras observaba  todo bajo nuestros pies.

En el paisaje podía divisar los volcanes Cotopaxi, Antisana y Tungurahua. Unas pirámides casi perfectas que yacen a lo lejos cubiertas de nieve y echando fumarolas sobre su cráter.

 

Christian me prestó su teléfono móvil porque el mío se había apagado debido al intenso frío. Quería grabar unos segundos diciendo unas palabras para recordar ese momento. Sobre todo porque se lo quería dedicar a mi madre por aguantar la cantidad de locuras que hago a lo largo de mi vida. Mis retos deportivos y personales que me ayudan a crecer como persona y sobre todo, que hacen que me sienta tan vivo y casi tocando el cielo.

 

 

 

 

Alberto Morales Ruiz 

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#2 ALBERTO RUIZ
Autor de la publicación
Muchas gracias Cristina. Estoy deseando salir a la montaña a disfrutar de nuevo de esa sensación de libertad que nos da.
#1 CRISTINA JIMÉNEZ
Tremendo!!! Me ha encantado el relato pero esos minutos de vídeo son "lo más", el mejor resumen de la aventura...tu cara, esa chispa en tus ojos... Chapeau!! Ahhh...y me quedo con esa frase de..."si la montaña quiere" porque como bien dices y ordenas, lo primero es volver sanos y salvos, el disfrute... siempre y, si se puede y ella se deja, cima.... Felicidades Alberto! Ojalá disfrutes pronto con otras muchas aventuras como esta.

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