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Una experiencia diferente

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Ayer fue un día especial, porque mis padres y sus amigos decidieron llevarnos a hacer deporte. Pero era algo distinto a lo de siempre, nada de jugar al balón, ni jugar al tenis. Nos dijeron que íbamos a la montaña, así que me he decidido a escribirlo, para que esta experiencia no se me olvide…

Nos despertaron muy pronto, casi era de noche, pero el madrugón era necesario, porque había que llegar hasta la montaña, ya que nosotros vivimos en plena ciudad. Nos metimos en el coche, con un montón de comida y bebida, y pusimos rumbo al campo en el GPS. 

Cuando me desperté, miré por la ventanilla, y mis ojos ¡se quedaron asombrados de tantas cosas nuevas que estaba viendo.

Un montón de árboles, abetos y hayas decía mi madre, subían por las laderas escarpadas de las montañas, con un color verde oscuro algunos, y verde intenso otros. 

Entre medias, de vez en cuando, se veían cascadas de agua cristalina, cayendo metros y metros, como si fuese una cola de un caballo blanco gigante. Desperté a mi hermano, que dormía aún, y los dos estuvimos contemplando los campos llenos de flores que aparecían al pie de la montaña, de color amarillo, violeta, rojo, mezclándose todas ellas, como si estuviesen de fiesta; “la fiesta de la primavera”, dijo mi padre.

Pocos minutos después, llegamos a nuestro destino. Bajamos del coche, y nos dieron unos trajes como de astronauta. Mi padre nos dijo que eran trajes de neopreno, y que eran necesarios para la actividad que íbamos a hacer, descenso de barrancos. Yo cuando escuché la palabra barrancos tuve un poco de miedo, pero me hice el valiente, porque el resto de mis amigos parecía que no tenían nada de miedo. Nos pusimos el casco, que también iba con el traje, y empezamos a caminar un buen rato. 

Hacía calor, y el traje nos hacía sudar, pero en cuanto llegamos al inicio del barranco, había una pequeña poza de agua, y nos dejaron meternos para quitarnos el calor. Nos presentaron al monitor de la actividad, que se llamaba Chur, un nombre muy raro, pero nos cayó muy bien, porque contaba unos chistes buenísimos, y nos partíamos de risa.

Nos explicó lo que teníamos que saber para estar siempre seguros; nunca adelantar al monitor, y hacerle caso en todo, pisar donde él pisara, y sobretodo, pasarlo muy bien. Todos nos mirábamos nerviosos, esperando para meternos en el agua, pero Chur nos dijo que el agua en los barrancos está muy fría, y que es mejor mojarse sólo lo necesario. 

Yo me pegué a él, para estar más tranquilo, y empezamos a caminar por el río. Ahí fue cuando descubrí lo que era descenso de barrancos; caminar por un río, siguiendo el agua. Y también descubrí que las piedras escurren, porque mi hermano, que venía detrás, pisó una piedra y se resbaló. Menos mal que tenía las manos puestas en otra piedra, y pudo sujetarse bien.

Comentando la jugada

  • Eso te pasa por no pisar donde yo piso- le dijo Chur, con cierta picardía.

Continuamos por el río, y las paredes de piedra iban creciendo a nuestro paso. Los árboles y arbustos, que había muchos y todos muy juntos, fueron quedándose en lo alto, y en las paredes, sólo quedaba alguna planta que era capaz de aguantarse allí. La luz que penetraba en el barranco era mucho menor que hacía sólo cinco minutos, y el sonido del agua, chocando contra las piedras del río, se hacía más audible. Llegamos a una zona donde había que saltar. 

Era sólo un metro, y todos lo hicimos sin problemas, con los brazos según nos había dicho Chur, para que el agua no nos hiciera daño; todos, menos la madre de Javi, que se tapó la nariz al saltar, y nos tuvimos que aguantar la risa.

Fuimos encontrando otros pequeños saltos, e incluso dos toboganes superdivertidos, por donde el agua caía, y nosotros nos dejábamos resbalar. Lo repetimos hasta 5 veces, y ¡fue genial!. Entonces llegamos a un salto de verdad, al menos para mí. Había que saltar 5 metros, y eso ya era otra cosa. Chur me miró, y me dijo que estuviese tranquilo. 

Mi padre se acercó, y saltó primero, para que viese que no pasaba nada. Parecía fácil, pero cuando me acercaba al borde, mis piernas temblaban, y tenía que echarme hacia atrás. Chur me cogió del neopreno, para que no me cayese, y se acercó conmigo al borde. Me dijo que confiara en él, y que mirara al frente. Así que respire , y salté…

¡Qué pasada! Aún recuerdo la sensación de ese salto. ¡Estaba volando como un pájaro! Y luego, al agua, hasta la cabeza. ¡Qué fría estaba cuando se me metió por el cuello!. Desde abajo, junto a mi padre, animamos al resto a que saltara, pues era superdivertido. A Javi le pasó lo mismo que a mí, y a mi hermano, y a Ana, pero es que es normal, teníamos 12 años, y era nuestra primera vez en un sitio tan increíble. 

Mi madre sí que no se atrevió, y fue entonces cuando comprendí por qué el guía llevaba esa mochila. Sacó una cuerda, y un arnés, y se lo puso a mi madre. Ató la cuerda a la pared, y entonces mi madre bajó por la cuerda, como si fuese Spiderman. El último en bajar fue Chur, que recogió la cuerda y tiró la mochila antes de saltar. Pero además, se subió a una piedra que había más arriba, y saltó desde allí. De mayor, pensé, querría ser como él, valiente y atrevido.

El descenso duró poco más, alguna que otra poza, otro tobogán con poca agua, y aparecimos donde estaba el coche del padre de Javi. Era ya la hora de comer, habíamos estado casi 3 horas metidos en el agua, y a mí me había parecido solo media hora. 

Mientras iban a por el otro coche, nos empezamos a quitar los neoprenos, porque debajo llevábamos el bañador, y Chur nos dio las gracias por todo, y nosotros a él, y nos invitó a volver por allí, y hacer otro barranco distinto cuando quisiésemos.

Así que desde entonces, estoy como loco por volver a vivir una experiencia como esa, de la que aún me acuerdo, y sé que volveré a repetir…

Y tú, ¿Te animas?


Contenido elaborado junto a apasionados del barranquismo de Decathlon. 

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