Mochila Sprint 30: La joya olvidada

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Es 31 de agosto, luna menguante. Suena el despertador cuando todavía no ha salido el sol. Desayuno algo ligero y me dirijo al salón. Anoche dejé todo preparado, así que agarro mis petates y me voy al coche, rumbo al Pirineo.

Aunque lleva clareando un rato, me amanece a cincuenta kilómetros de la capital navarra. Los días son cada vez más cortos, puedo asegurarlo. Al ritmo de la música chill out que acaricia el interior del vehículo, el puerto de Coronas me da la bienvenida con sus serpenteantes curvas, aquí y allá. 

En poco menos de dos horas desde que me he levantado de la cama atravieso los Llanos de Belabartze y echo el freno de mano justo frente al manantial de la Fuente de los Clérigos; hace un día precioso. Estoy en territorio aragonés, en el valle de Ansó, dentro del Parque Natural de los Valles Occidentales, y hoy estreno material de montaña.

Hace algunos días me decidí a comprar la mochila Sprint 30 de Simond. Me pareció esa clase de producto medio olvidado e incomprendido por muchos pero con un potencial impresionante. Mis mochilas siempre han sido más o menos grandes, de entre 35 y 65 litros, y en función de mis planes utilizo una u otra. No engaño si menciono que quizá por ello peco de ir sobrecargado incluso en las excursiones más pequeñas…

Camuflada entre una variedad sin fin de mochilas, la Sprint 30 no es un modelo que se ostente especialmente llamativo. Es más grande que los modelos convencionales de 20 ó 22 litros, pero más pequeña que sus hermanas de 35 ó 40 litros. 

En ese limbo de volumen es donde vive, y quizá por ello, y por mi debilidad por estos tesoros inadvertidos, me fijé en ella. Un rápido examen me convenció de su gran versatilidad, y su precio ajustado terminó por persuadirme.

Es temprano cuando me anudo los cordones de las botas y me cargo la Sprint 30 en la espalda. Nada más comenzar, el camino describe un ascenso sin reposo a lo largo de una colina herbosa, y son mis primeros pasos de prueba. Llevo poco más de cinco kilos, de los cuales sólo 850 gramos pertenecen al total de la mochila en vacío.

La senda se interna en un hayedo durante un largo trecho, y después me devuelve a campo abierto, frente al cauce de un río que apenas arrastra un hilillo de agua. Algunas vacas curiosas interrumpen su monótono pasto y me observan intrigadas: «¿qué haces en mi casa, humano?», parecen querer decirme con esos ojos indiferentes.

En seguida dejo atrás un pequeño refugio libre. Ante mí se abre el circo de Gamueta, con su fascinante brecha dividiendo las asombrosas paredes de roca gris. A la izquierda de la quebradura se eleva la cima del cordal SW, y allí es adonde me dirijo. La Gorreta de los Gabatxos, según se especifica sobre el mapa, vigila mis pasos desde sus 2.268 metros de altitud.

Camino a media ladera por una incómoda pedrera hasta alcanzar el collado de Gamueta. A partir de aquí, los cien metros de desnivel que me separan de la cumbre exigirán de mí un poco más de concentración. Abandono el camino principal y elijo seguir por el perfil afilado de la cresta, mucho más divertido y ameno, pero también más técnico y expuesto, por lo que conviene tener cierta preparación en terreno vertical.

Cuando por fin echo mano a las piedras para superar los primeros salientes obtengo las auténticas impresiones de lo que la Sprint 30 puede llegar a ofrecer. Esta mochila ha sido concebida principalmente para escaladores y esquiadores de travesía; tiene un cinturón abdominal estrecho, perfectamente compatible con el arnés, y otro cinturón pectoral ajustable en altura y anchura que impedirá que el petate bascule con nuestros movimientos y nos desequilibre. 

Me sorprende gratamente lo bien que el armazón de la espaldera de espuma se ajusta a mi anatomía, y no sólo ya en lo referente al confort de carga, que venía probándolo desde que he abandonado el coche, sino también a su ergonomía y ventilación.

Gorreta de los GabatxosLa cresta pone frente a mí algún gendarme con pasos de III que supero con mucha cautela. Una mochila convencional desplazaría mi centro de gravedad hacia el exterior con mucha más fuerza que la Sprint 30, por lo que agradezco su estabilidad

En una ocasión, superando la fisura de un pequeño muro que me atrevería a graduar en IV-, debo apoyarme sobre el lateral de mi cuerpo para hacer bicicleta y alcanzar con un movimiento diagonal una repisa que quedaba fuera de mi alcance. Acostumbrado como estoy a llevar siempre mochilas anchas, suspiro aliviado al finalizar la maniobra: la Sprint 30 tiene forma de tubo y no resta libertad de movimientos.

En los tirantes cuento además con dos arandelas semirrígidas para llevar material, sean mosquetones o cintas para deportiva o clásica, o bien para colgar de allí la cámara de fotos, como en mi caso, o afirmar mis pulgares mientras asciendo por una pendiente pronunciada. Y de esta forma llego al embudo: es el paso obligado antes de la cima, quizá el tramo más expuesto de todo el día, pues camino sobre la divisoria de dos valles justo en su filo. 

Hasta ahora yo había elegido voluntariamente la línea a seguir por la cresta, seleccionando la dificultad y la exposición según mis propios recursos y mi experiencia, pero aunque hubiese preferido pasear por la senda convencional, llegados a este punto no podría haber evitado esta acanaladura.

A mi derecha, una incómoda caída entre afiladas rocas calizas, y a mi izquierda, un vacío de doscientos metros libres de obstáculos. La primera vez que subí esta montaña lo hice con algunos amigos, asegurándonos con cuerdas por si las moscas. Es un paso muy fácil, pero muy peligroso, por lo que hoy, que voy solo, extremo las precauciones. 

Si alguien se decide a pasarse por aquí, debería saber que no está de más llevar una cuerda y tener algunos conocimientos de aseguramiento, especialmente para el descenso.

Un quebrantahuesos surge súbitamente desde detrás de una pared, a escasos diez metros de mi posición. El ruido de sus alas cortando el viento y su colosal envergadura me sobresaltan. No es el mejor lugar para estos sustos, pienso. 

Aun con todo, la visión del ave me maravilla y me insufla fuerzas para alcanzar la cima de la Gorreta, donde reposo durante mucho tiempo, contemplando el paisaje y leyendo un buen libro, mientras devoro algunos frutos secos.

Ciertamente he subido aquí ligero y fuerte, y muy motivado. A todos nos gusta estrenar material, y si es material técnico, mucho mejor. De la Sprint 30 podría señalar su ligereza, su tecnicidad y entereza. En alguna ocasión he debido arrastrar mi espalda contra las rocas, temiendo abrirle un siete a la tela, pero el tejido de poliamida me ha demostrado una muy alta resistencia a la abrasión.

En lo referente al resto de sus prestaciones, encontramos un sistema de cintas para transportar esquís de travesía cruzados en la espalda durante las aproximaciones, así como porta-bastones y dos útiles porta-piolets cuyo sistema de amarre y desamarre me enamora por su sencillez y seguridad (¡no hace falta quitarse la mochila para sacar el piolet!).

Sprint 30 - portacargas La mochila nos brinda muchas comodidades a la hora de transportar el material de seguridad.

Contaremos, en añadido al bolsillo principal de 30 litros de capacidad, una medida ideal para marchas de uno o dos días (incluso en invierno, si toca portear crampones o más material), con dos compartimentos independientes sellados con cremalleras, uno lateral y otro trasero, que nos permitirán dividir los bultos más pequeños y acceder a ellos de una forma ingeniosamente fácil.

Además del fondo de mochila reforzado para soportar roces y para la contención de peso (cabe destacar que no es una mochila adecuada para cargar más de doce kilos), la Sprint 30 hace un guiño especial a todos sus usuarios, sean senderistas, escaladores o esquiadores; la ausencia de seta o capucha superior facilita y mucho el acceso rápido al interior de la mochila, a la que llegaremos con un sencillo gesto tanto de apertura como de cierre, gracias a la cinta tensora. 

También podremos fijar con este mismo sistema de cierre (denominado no en vano Easy Access System) una cuerda de escalada que luego enlazaremos con las correas de compresión laterales, y de esta forma impediremos que pueda perderse o estorbarnos durante cualquier maniobra.

Sprint 30 - cuerda Puede fijarse una cuerda rápidamente con las correas de compresión y cierre.

A precio de aficionado he obtenido una mochila técnica que sabe responder a mis necesidades sobre cualquier terreno. En lo vertical y en lo horizontal he podido probar su comodidad y su funcionalidad extrema, sorprendiéndome por esta joya olvidada que Simond tiene en su catálogo. 

Para todo debutante o experto que en este momento desee encontrar una mochila de tamaño mediano y estrechamente fiable, me tomo la libertad de señalar este modelo y afirmar, a partir de mi experiencia, su sorprendente polivalencia.

Desde la Gorreta de los Gabatxos, hace varios meses ya, hasta hoy, entrado el otoño, y como protagonista de un poema de Dante, he coronado las tres cimas de los Picos del Infierno, con sus 3.073, 3.082 y 3.076 metros de altitud, respectivamente. Además el recorrido lo tracé junto a dos buenos amigos por el filo de la cresta de la Marmolera desde el ibón de Tebarray, un itinerario alternativo y, como viene siendo costumbre, bastante vertical.

La Sprint 30 también me siguió los pasos hasta las dos cimas del Castillo de Atxer (2.384 y 2.347 metros), en el valle de Etxo, y días más tarde a través del valle de Gabardito, a la sombra de la impresionante cara norte de la mole del Bisaurín (2.670 metros).

Recientemente he podido disfrutar de una escapada mucho más relajada por los Llanos del Hospital de Benasque, en pleno corazón del Parque Natural Posests-Maladeta, disfrutando de las vistas de la vertiente norte del Aneto y su glaciar espolvoreado con las primeras nevadas importantes de esta temporada de 2015. 

Por último hasta la fecha, y en compañía de uno de mis mejores amigos, probé la Sprint 30 en la ascensión a los 2.847 metros del Tendeñera desde Bujaruelo, y el posterior trazado de la accidentada cresta de Año, una explosión de roca caliza perfecta para los amantes de la verticalidad y la escalada clásica.

La cresta de Año es una explosión de roca caliza perfecta para los amantes de la verticalidad y la escalada clásica. El material que me acompañaba dio la talla incluso en los momentos más difíciles.[/caption]

De este variopinto mosaico de actividades, sólo me resta testar la mochila en escalada deportiva de varios largos y en esquí de travesía. Pero ahora sé que cuento con material de primera en el que se puede confiar.

Y hablando de esquí de travesía… Empieza a hacer fresco para escalar en roca en el Pirineo. Hoy miro con optimismo hacia las nubes y veo que a finales de octubre ya están llegando las primeras nieves a las cumbres y los valles altos de las montañas. Hace unos días fue luna llena, y nevó, y ya se sabe lo que reza la sabiduría popular; «nieve en luna de octubre, siete lunas cubre». 

Dos años atrás nevó en esta misma luna, y fue un invierno rico en oro blanco hasta bien entrada la primavera. En fin, no sé qué opinaréis vosotros, pero por si acaso, no sea que luego apuremos demasiado el tiempo, voy a ir afilando los esquís de travesía y los piolets. Escasas semanas nos separan del invierno, por lo que es el momento ideal para prepararse. Con un poco de suerte, las fotografías que salgan de las siguientes excursiones irán teñidas de blanco y frío.

¿Quién puede evitar sonreír ante semejante pensamiento?


Contenido elaborado junto a apasionados de la escalada de Decathlon. 

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