El gusanillo de las carreras populares

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A los runners nos mueve la pasión. Cada vez que salimos a entrenar, analizamos el detalle de la carrera: los tiempos, las tensiones, cómo nos afecta el clima…, pero siempre con una sonrisa; la barrera entre disfrutar y sufrir es muy fina, pero el running tiene algo que engancha, eso seguro.

Nos gusta entrenar y competir. Personalmente, el nivel en el que me muevo es el de pequeñas carreras populares, pero para el corredor popular éstas se preparan, entrenan y esperan con tantas ganas como los atletas de élite esperan sus pruebas más importantes, para hacer proezas que en algunos casos harán historia.

No nos vamos a engañar, hay días de pereza, de cansancio, días en los que los entrenamientos se hacen duros y días en los que el sofá reclama con insistencia nuestros cuerpos. Pero, en ese pulso, la pereza suele perder frente a las sensaciones que se obtienen tras un buen entrenamiento, logrando una superación personal o simplemente pasar un buen rato con los compañeros de entreno.

Es importante buscar una carrera como objetivo, un reto en nuestra rutina diaria, participar y acabar una carrera, bajar nuestra marca o conseguir subir al pódium. Para mi, la recompensa a todo entreno se encuentra al cruzar la línea de meta, normalmente flanqueada por curiosos, familiares o seguidores del mundo del running. 

Todo el que participa, del primero al último, habrá cumplido su sueño, la recompensa a los duros días de entrenamientos. Siempre con ganas de terminar, para buscar otro objetivo por el que continuar calzándose las zapatillas.

El pasado domingo gané la media maratón de Bilbao, tras unos meses de malas sensaciones corriendo, con alguna lesión y falta de motivación. El triunfo me permitió renovar las ganas de entrenar.

Disfrutar en carrera, los nervios de la competición, los minutos previos al pistoletazo de salida, la preparación del equipo para correr la noche anterior, el reencuentro con los asiduos a las carreras: besos, abrazos, risas, tensión, momentos de cansancio durante la carrera, miles de ideas en la cabeza y un momento final en la línea de meta; a 500 metros, un nudo en el estómago acompaña a cada corredor. 

La meta es un momento mágico para todos los corredores. Cruzar la línea nos convierte a todos en triunfadores; llegar es la recompensa, eso es lo que nos engancha a los “locos” que corremos día y noche por las calles desiertas mientras otros duermen.

¡Probadlo, os lo aconsejo!

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