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Crónica de los Tres Gigantes, PARTE I. Aneto

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Un total de casi seismil metros de desnivel positivo acumulado bajo la sombra de una borrasca que dejaría abundantes lluvias y un importante manto de nieve. Tres colosos, a saber Aneto, Posets y Monte Perdido. El margen no era muy amplio; disponía de cinco días para coronar en solitario las tres montañas más altas del Pirineo.

31 DE OCTUBRE. Pamplona – Soria.

Es sábado, anoche tuve cena con mis amigos y hoy tocaba madrugar para ir a trabajar. Promete ser un día largo. Apenas duermo seis horas y me enfrento a un turno de idéntica duración. Sobrevivo. Vuelvo a casa. ¡Estoy de vacaciones! Bueno, esto ya es motivación más que de sobra. 

Vacío mi plato de comida en un abrir y cerrar de ojos y me dispongo a salir. Llevo dos días con los petates dispuestos en la puerta, así que sólo tengo que cargarlos en el gran maletero de mi Logan. Recojo a mi pareja en su casa, a escasos diez minutos de la mía, y nos ponemos de camino hacia el sur.

Me había comprometido a llevarla al aeropuerto de Madrid, pues sus estudios en el extranjero reclamaban que se personase en la Europa del Este para finiquitar unos exámenes. De todas maneras hemos dividido el viaje en dos etapas y hoy no bajamos a Madrid, pues hasta mañana domingo de madrugada no despegará su avión. 

Esta tarde-noche nos detenemos en la fría capital soriana y degustamos una opípara cena de montaditos a buen precio, en pleno Casco Antiguo de la ciudad, y luego damos un paseo por sus concurridas calles.

Antes de medianoche nos trasladamos a un pequeño pueblo en las afueras y allí nos echamos en la cama que tengo preparada en el Logan. Ponemos el despertador. El sueño no tarda en alcanzarnos. Qué bien sienta dormir. Sueño con montañas blancas.

1 DE NOVIEMBRE. Soria – Madrid – Benasque – Aneto.

Suena el despertador dos horas y media después de haberlo programado. Uf. Son las dos y cuarto de la madrugada. Entre legañas puedo ver que el cielo sigue exactamente tan estrellado como lo dejamos hace un momento. ¿Habrán puesto las carreteras ya? Va a ser otro día largo. 

Conecto los ventiladores del coche a máxima potencia para desempañar la luna delantera. Bostezo. Mi chica desentumece el cuerpo con unos estiramientos. Hablamos en susurros, es extraño porque no hay nadie cerca a quien podamos molestar, pero hay tanto silencio y es tan tarde, o tan temprano, según se mire, que al emplear un tono normal de voz nos parece estar gritando.

Envuelto por el frío de la meseta ruge el motor del Logan y nos ponemos en marcha. Mi copiloto pronto cae rendida a un segundo sueño que la atrapará hasta más allá de Guadalajara. Bajo el volumen de la música y me abandono a la carretera durante horas. 

Los paisajes nocturnos atrapan mi imaginación y proyectan sobre mí pensamientos y reflexiones sorprendentes. Soy prácticamente el único coche que circula hasta llegar a Madrid.

Seis de la madrugada, aduana aeroportuaria de Adolfo Suárez Madrid-Barajas. ¿Quién no se ha despedido alguna vez al otro lado de un control de aduanas en un aeropuerto? Levantas la mano y lanzas besos al aire. Los besos no necesitan pasar controles de seguridad. Al menos todavía no. Los pensamientos vuelan y se agarran al recuerdo.

 Mil despedidas y mil reencuentros vividos en estos ocho años de noviazgo internacional, y las sensaciones de apego y nostalgia no disminuyen un ápice. Abandono la terminal con un último vistazo atrás. Bueno, ya no hay nada que hacer aquí. El Pirineo me espera.

Madrid, la cosmopolita, sigue en penumbra. Huele a humo de coches. Abandono la gran ciudad por la autovía e irónicamente me amanece en Valdenoches, setenta kilómetros más allá del aeropuerto. El coche rueda por asfalto a lo largo de más de seiscientos kilómetros y varias provincias. 

Han sido necesarias casi seis horas de viaje, sumadas a las siete que ya llevaba a la espalda, para llegar a Benasque. Benasque, el corazón de mi querida cordillera. Hay quien lo denomina el Chamonix del Pirineo, y curiosamente creo que, salvando las distancias, tampoco es una idea tan descabellada.

Desde el pueblo hago una llamada a casa para informar de mi situación, y luego continúo algunos kilómetros hasta internarme en el valle de los Llanos del Hospital de Benasque. 

En esta época del año está permitido circular por la pista, y la recorro hasta el refugio libre de la Plan d’Están, a 1.856 metros de altitud, donde un guarda forestal me detiene para pedirme que estacione allí. Al parecer no hay sitios libres en la Besurta, cincuenta metros más arriba.

Tardo menos de una hora en preparar la mochila con todo lo necesario y en cambiar mis vaqueros por unas gruesas mallas, mi camisa de cuadros por un chaleco cortavientos, y mis deportivas por botas. También me dedico a comer algo, pues desde la cena de anoche en Soria apenas he probado bocado.

Es la una y media del mediodía, no se ve ni una nube en el cielo. Hacia el oeste el Pico de Puerto Viell y el Pico Sacroux, y al norte el macizo de la Salbaguardia, que hacía escasas dos semanas guardaban algo de nieve, se ven relucientes y otoñales. 

Las lluvias y las altas temperaturas para esta época del año han fundido casi todo el manto nivoso caído entre septiembre y octubre.

Me ajusto la mochila a la espalda. Para aligerar carga he decidido no subir ni tienda de campaña ni hornillo y gas. Aún con todo calculo que portearé unos dieciséis o diecisiete kilos. Me despido del guarda forestal y empiezo a caminar. 

Si todo va bien, mañana temprano me izaré sobre el techo de los Pirineos. El día es cálido e ideal, de los que hacen afición. Pero sé que este escenario no va a durar demasiado. Una borrasca de las grandes se aproxima.

Había reservado esta semana de vacaciones desde hacía mucho, y tenía que aprovecharla. Casi se me cayó el mundo al suelo cuando descubrí en los partes meteorológicos que se había desprendido una gran borrasca de otra aún mayor en el Atlántico y que subía directamente desde el sur de la península, dejando lluvias torrenciales en Andalucía, Murcia y el centro del país. La Gota Fría. 

Este sistema de bajas presiones alcanzaría Aragón y los Pirineos mañana lunes a partir del mediodía, dejando copiosas nevadas a partir de los dosmil metros e importantes precipitaciones en forma de agua por debajo de esa cota. 

Esto restaba margen de error en mi intento a la cima del Aneto. Debía ser rápido subiendo a la montaña más alta de la cordillera, más rápido que una borrasca monstruosa que era capaz de cubrir un país entero en cuestión de día y medio.

Antes de embarcarme en este viaje guardaba un plan b. Por si las moscas, ya se sabe. Resulta que por una vez iba a hacer mejor tiempo en las playas de la Cornisa Cantábrica que en las de Levante, y no deseché hasta último momento la idea de desconectar del mundo en un arenal costero asturiano, de disfrutar de la gastronomía de su tierra, de sus suaves rutas y bellos paseos por el litoral… Pero caray, la Gota Fría sólo iba a durar tres o cuatro días; yo tenía cinco días y medio. ¿Quién dijo playa?

Quince minutos me han separado de la Besurta, un bar-restaurante que abre sus puertas únicamente de junio a septiembre. Continúo mi camino y empiezo a ganar desnivel con más fuerza en el trayecto de escasa media hora que me sitúa en la Renclusa, a 2.140 metros. Saludo al pasar a algunos montañeros que pernoctarán allí.

vistas aneto

Tomo la senda que sigue recta por el valle ascendente, paralela al torrente de la Maladeta y pronto empiezo a toparme con las primeras manchas de nieve que, asustadas, buscan lugares sombríos en los que esconderse del sol. Me cruzo con un pequeño grupo y nos saludamos. 

Un rato más tarde una pareja poco mayor que yo se detiene a charlar conmigo; la chica es muy guapa y prácticamente la única que me habla de los dos. Me pregunta si voy a dormir por allí y me recomienda un lugar relativamente llano a 2.700 metros de altitud, justo antes del paso conocido como el Portillón Inferior. 

Les comento que es demasiado abajo, pues mi intención es dormir tan alto como sea posible, si puede ser incluso en el propio glaciar del Aneto, para despertarme hacia las cinco y media o seis de la madrugada y alcanzar la cumbre con las primeras luces. Veo un deje de sana envidia en sus caras. Les consulto por el estado del Puente de Mahoma y me dicen que, aunque tiene nieve, es practicable. 

Ellos han hecho cima hace unas horas. Con buenos deseos nos despedimos, me han caído realmente bien. La montaña es así, es capaz de sacar lo mejor de nosotros mismos.

Cuando alcanzo el Portillón Inferior descubro los posibles lugares de vivac que me habían aconsejado. Es un buen emplazamiento, hay que reconocerlo; veo terreno plano y bien protegido; el problema es la altitud. 

Si paso noche aquí, mañana deberé subir setecientos metros de desnivel, lo que me llevará mucho tiempo, y la Gota Fría no es algo que deba infravalorar. Además, no son más que las tres y media de la tarde, todavía puedo aprovechar tiempo de luz en ganar altura.

Antes del Portillón Superior me topo con dos chicos madrileños. Vienen con los arneses colocados y ese brillo en la mirada de quien ha hecho algo grande. Me cuentan que han estado escalando un espolón en el Pico Maldito (3.350 metros), y que al bajar habían tenido que montar más rápeles de los que pensaban y se les había hecho tarde. «Auténticos alpinistas», pienso para mis adentros. 

Ellos habían hecho vivac justo después del Portillón Superior, a 3.000 metros exactamente. Me explican cómo encontrar la repisa donde habían dormido: «a la derecha del camino, justo al lado de una piedra muy grande». Bueno, parece fácil, sólo tendré que descartar las piedras pequeñas, grandes y muy muy grandes. «¿Y está protegido del viento?», les pregunto. 

Se ríen un poco y me dicen que no demasiado. Ellos también saben que se acerca una gran borrasca y me desean suerte. Bueno, si hubiera querido comodidades me habría ido a Asturias. Nos despedimos, eran dos tipos muy simpáticos.

A partir de este instante ya puedo decirlo: estoy completamente solo en todo el macizo de la Maladeta, bajo la atenta mirada de la montaña más alta del Pirineo y sus aledañas. Siento ganas de gritar de la emoción. La nieve cubre ya todo el suelo cuando me encaro con un recorrido zigzagueante que me lleva al filo de la Cresta de los Portillones. 

Desde aquí se abre por primera vez a mis ojos la vista sin obstáculos de la pirámide del Aneto y su glaciar, el más grande de la Europa Meridional.

Tantas veces visto en fotografías y ahora lo tengo aquí, ante mí, vestido de blanco y mirándome con curiosidad o indiferencia, es difícil de decidir. «¿Qué haces aquí?», parece preguntarme desde su silencioso trono. Rachas de viento gélido hacen que pierda calor rápidamente. El sudor es una trampa fría, por lo que me pongo en movimiento. 

Supero el paso del Portillón Superior sin problemas y acorto distancias con el glaciar. Me estremezco al pensar que hace sólo veinticinco años la masa de hielo llegaba hasta el mismo Portillón Superior, y ahora más de media hora de camino me separa de ella. Ojalá hubiera conocido este glaciar en aquella época, pues más similar sería a los glaciares vivos de los Alpes que a estos restos vestigiales de eras frías. Suspiro.

pirineos nevados

El silencio resuena en el valle. Mi respiración y la cacofonía de las botas contra la nieve congelada componen una dulce melodía. Busco el lugar de vivac de los dos madrileños, pero no lo localizo. 

De pronto caigo en la seducción de una idea que ya llevaba largo rato provocándome: ¿y si hago cima hoy mismo? Son las cuatro y media pasadas y me quedan poco más de cuatrocientos metros de desnivel hasta la cumbre. Podría hacerse, voy motivado y rápido. 

Podría dormir al poco de dejar el vértice y mañana temprano regresar al coche. Podría incluso dormir en la cima o hacer una locura y subir al Aneto y bajar al valle sin parar, un non stop. Vale, respiro hondo y desecho estas dos últimas posibilidades. «Vuelve en ti», me digo. 

Dormir en la cima sería bonito, lo reconozco, pero si la Gota Fría decidiera acelerar y adelantar su invasión de precipitaciones, nubes y viento, podría verme comprometido a 3.404 metros de altura. No me interesa. Y lo de subir y bajar lo veo demasiado duro e innecesario, pues en todo el fin de semana de viaje por el país casi no he parado ni para dormir.

Vale, pero aun con todo sí puedo coronar hoy el Aneto. Hasta las seis de la tarde dispongo de luz solar, y luego puedo dormir en cualquier parte, buscando un poco incluso podría resguardarme del viento.

Una profunda ilusión me sacude y anima mis piernas. El Aneto parece haber adivinado mis intenciones y reacciona; una tenue cortina de nubes y nieve polvo se levanta desde el collado de Coronas hacia el cielo. Esta columna fantasmal adopta un color rojizo fascinante que me indica lo avanzado del día. 

El sol está cayendo por el horizonte, al otro lado del macizo que me hace sombra, y tiñe el mundo del color del atardecer. Hacia Francia y Cataluña los paisajes comienzan suavemente a teñirse de naranja, malva y toda una paleta de rojos y ocres.

Alcanzo los 3.000 metros y descubro que no llegaré con luz a la cima si cargo con tanto peso, por lo que tomo una decisión. Me detengo por primera vez desde que he dejado el Logan y saco bultos de la mochila. Sobre la esterilla dejo el saco de dormir, unos guantes, las polainas, un polar, el sobrepantalón de Gore, algo de comida y una botella pequeña de agua. 

Calculo que me he quitado de encima casi cinco kilos y medio. Miro mi altímetro, el material lo dejo a 3.015 metros de altura. No debo olvidarlo porque cuando lo recoja será de noche.

Me da la sensación de que estoy justo en el inicio del glaciar propiamente dicho, pero es difícil de afirmar ya que la nieve nueva lo cubre todo. El cielo se torna añil y la temperatura cae en este enorme valle-congelador. Sigo la huella que surca el espinazo del glaciar y gano desnivel con pasos rápidos. Jadeo. 

Los esfuerzos aeróbicos a partir de esta altitud y sin una buena aclimatación previa pueden dejarlo a uno con las pulsaciones disparadas. Agradezco no tener que usar los crampones. Las condiciones en las que se encuentra la nieve, además de la huella abierta, son un tremendo aliciente. Mi mano diestra empuña un piolet y mi siniestra un bastón, es cuanto necesito. Voy veloz y ligero hacia lo más alto.

Me incorporo sobre la Punta Oliveras Arenas, sin saber si estoy en su cumbre de 3.292 metros o un poco más allá. Es el hombro del Aneto, un tresmil en sí mismo, pero difícil de identificar. Lo cierto es que pronto me olvido de si he logrado esa cima o no. 

Las vistas hacia el sur y el oeste me dejan absorto. Un mar infinito de nubes, salpicado aquí y allá por elevados picos que parecen islas, se extiende hasta el mismísimo atardecer. El sol es una hoguera en el cielo y sus llamas lamen el dominante macizo de la Maladeta, ruborizando cada centímetro de roca y nieve, sacándole unos colores que jamás podría haber imaginado. De repente me olvido de todo. Del Aneto. Del glaciar. 

De la noche. Del frío. Sólo existe ese mar de nubes, ese incendio en un cielo que queda por debajo de mis pies, en un mundo invertido, y siento que no estoy caminando, sino flotando. Podría saltar al vacío y nadar en ese algodón de fuego, estoy seguro de ello, pero apenas puedo moverme. El aire es frío y nítido, ningún detalle de forma o color es capaz de esconderse de mi mirada. 

Siluetas imposibles se recortan en la distancia y las sombras se besan con la luz en una danza majestuosa y privada. Siento que estoy observando algo prohibido, un espacio sin tiempo. Mi mente obnubilada me abandona durante un tiempo indefinido.

puesta de sol pirineos

Embargado por la emoción reúno el coraje necesario para mover mis pies y me obligo a proseguir; puedo prometer que no es fácil, pero todavía no he alcanzado la cima. 

No obstante mis primeros pasos son tímidos, cautos, como si hubiese vivido en el apogeo de una fantasía y ahora estuviera a punto de despertar en mi cama pensando que todo había sido producto de un sueño. Es exactamente esa sensación, ese frágil equilibrio entre la plenitud y el temor de pensar que no es verdad. Pero mis pasos son sólidos, no despierto. Esto es real.

El viento gana fuerza mientras el sol se debilita. Las sombras se extienden y el mar de nubes pierde su color de fuego. ¿Cómo puede haberse evaporado así? Las nubes siguen allí, pero ese vívido tono tan poderoso hacía sólo unos minutos es ya cosa del pasado. 

En su lugar profundos matices de azul y negro proclaman el triunfo de la noche. Aquí arriba, tan cerca del cielo, todavía veo el sol, pero no será durante mucho tiempo.

CONTINUARA….


Contenido elaborado junto a apasionados del trekking de Decathlon. 


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