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Crónica de los Tres Gigantes, PARTE II. Aneto

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El Puente de Mahoma. Por fin nos conocemos. Has conseguido perturbar mi tranquilidad durante mucho tiempo, pero ahora vamos a medirnos. Tú me conocerás a mí, y yo a ti.

El Puente de Mahoma es un breve trecho a 3.400 metros de altura. Es la última dificultad antes de la cima, apenas cuarenta metros de longitud de los cuales sólo diez o quince suponen un elevado riesgo de caída. El estrecho paso se ha cobrado numerosas víctimas, y aunque a priori no me parece demasiado complicado, no quiero precipitarme. Mido bien cada paso, cada movimiento. 

La nieve helada hace delicadas algunas maniobras que deberían ser fáciles. Miro hacia el vacío que se abre a ambos lados, un profundo abismo que no dudará en succionarme si vacilo y yerro. Si caigo a la izquierda, aterrizaré varios cientos de metros más abajo en el glaciar de Barrancs, mientras que si lo hago por la derecha, quien me reciba será la masa de hielo de Coronas. Ninguna opción me parece saludable.

Atravieso los últimos metros de dificultad y miro hacia atrás. El Puente de Mahoma. Ha sido un placer. Miro la cruz que marca el vértice más alto del Pirineo y elimino la distancia que nos separa. Ya he llegado.

Mar de nubes, rocas, viento, frío, anochecer, sed, frío, frío, frío, pensamientos y sensaciones me invaden en tropel, entran en mi mente como un torrente embravecido. Me siento en una roca y lo contemplo todo, nada queda por encima de mí en cientos y cientos de kilómetros a la redonda, resulta excitante y maravilloso. Sonrío y me ajusto los guantes y la capucha. Sopla el viento y la temperatura del aire está por debajo del punto de congelación, pero no me importa en absoluto. 

La línea sensiblemente curva del planeta que recorta el cielo por el oeste ha engullido el sol y ha dejado el cielo desnudo. No hay estrellas, ni luna ni sol, las nubes regentan el mundo bajo mis pies y yo las observo desde mi atalaya. ¿Es todo vacío encima de mí? Pocas veces he podido disfrutar de un firmamento tan hueco, tan desocupado de astros. Con nada por encima, mi imaginación se eleva sin resistencia como un globo de helio. Qué extraña sensación.

puente mahoma

Vivo uno de los momentos más mágicos que he sido capaz de experimentar en el Pirineo. La noche gana finalmente la batalla librada en la bóveda celeste y las primeras estrellas titilan allí, ocupando su legítimo lugar, despojándome de mi gobierno de las alturas, devolviéndome al mundo terrenal donde no estoy ni en lo más alto ni en lo más bajo. 

Vuelvo a la Tierra y los elementos cobran dimensión física. El frío cala en los huesos y comienzo a tiritar porque no llevo puesta demasiada ropa. Es hora de moverse.

Tomo algunas fotografías y disfruto una vez más del paisaje. Pienso que todas esas nubes que se extienden hacia el sur y hacia el oeste son la entrada en avanzadilla del frente borrascoso. 

Todavía imperan las altas presiones y no existe un peligro inminente de mal tiempo, pero no me permito bajar la guardia. Cuando la presión comience a bajar esas nubes lo cubrirán todo y las condiciones de la montaña cambiarán drásticamente.

Aneto, 3.404 metros, rey del Pirineo. Diez años de montañero y me faltabas tú en mis experiencias. Subirte en solitario, hoy, aquí y ahora, con estas luces y en esta sincera y privada comunión de presente y recuerdo, hará que no nos olvidemos. 

Abandono tu cumbre con una sonrisa. Conseguir la cima ha sido insignificante, pero realizarla ha sido extraordinario. Recuerdo las palabras de Iñaki Ochoa de Olza en su tristemente última expedición al Annapurna: «cuando te plantas debajo, descubres que da igual que pises la cima o que no lo hagas, nada va a cambiar en ambos casos [...]. Pero ésta es una montaña fantástica, y yo un hombre débil».

El cañón de luz de mi linterna frontal revela los agarres y repisas necesarios para superar el oscuro, frío y peligroso Puente de Mahoma de regreso al sendero de descenso. La profundidad del abismo en estos metros se tilda grandiosa en la penumbra, con un fondo que es imposible de descubrir, pero fácil de imaginar. Disfruto de la emoción y la adrenalina mientras extremo las precauciones.

profundidad puente mahoma

Desde la cima he dedicado algo menos de cuatro minutos a una llamada telefónica entrecortada con mi padre. Quería decirle que he hecho cima, que ha sido increíble. Se ha sorprendido gratamente y ha querido saber dónde iba a dormir. Le he dicho que en el glaciar… No sabré hasta días después que esta noche mi madre y mi abuela apenas pegarán ojo, preocupadas por mí. 

Es la naturaleza de la familia, preocuparse y querer. No hay nada que reprochar, más bien al contrario. Paciencia y confianza. Paciencia y confianza. Es la vida.

Desciendo rápidamente por el glaciar. Mi campo de visión abarca únicamente el perímetro de mi linterna, y más allá sólo el brillo de las cada vez más estrellas que van resplandeciendo en el manto negro sobre mi cabeza. Camino durante mucho rato con la esperanza de llegar rápido hasta mis objetos «abandonados» y poder montar el vivac.

Voy tarareando alguna canción sin aminorar el paso. Algunos pedazos de nieve ruedan desde mi huella y se pierden en la oscuridad. Salvo por mi respiración, el roce de la ropa contra la mochila y las pisadas en el suelo blanco, el silencio resuena en el glaciar, en la montaña y en el macizo entero. ¿Es la calma que precede a la tempestad? ¿O sólo una buena noche otoñal?

De pronto, tras un largo rato descendiendo, hecho un vistazo al altímetro. 2.920 metros. Me detengo bruscamente y miro alrededor como si eso fuera a servir de algo. Había dejado el saco de dormir y las demás pertenencias a 3.015 metros

De acuerdo que un cambio en la presión del aire podría desajustar la precisión del altímetro barométrico, pero cien metros me parecen excesivos. Cierro los ojos con rabia. Me he debido distraer durante el recorrido y he cambiado mi huella de subida por ésta otra, porque en ningún momento he dejado de seguir pisadas antiguas. En mi fuero interno sabía que estaba perdiendo altitud muy rápidamente, pero a falta de la referencia del Pico de Coronas, que había utilizado al subir y ahora estaba devorado por la insondable oscuridad de la noche, me había desorientado. 

Debo desandar lo andado y ganar otra vez los cien metros de desnivel perdidos. Mi huella de subida tiene que estar más arriba y cruzar en perpendicular a mi posición actual.

Este error ha hecho mella en mi moral y las horas de esfuerzo y los días de falta de sueño comienzan a manifestarse en forma de cansancio. Pero no me detengo. El agotamiento hace que recuperar metros sea un suplicio y comienzo a pensar en opciones alternativas si llegara el caso de perder mis enseres. 

Bien podría hacer un vivac de fortuna. Había dejado el saco, pero la funda impermeable de Gore, la funda de vivac, seguía conmigo. Pernoctar sólo con la funda no iba a dar como resultado una noche agradable, pero mejor una mala noche que una noche terrible. 

También podría pararme a descansar unas horas, dormir un poco y proseguir la búsqueda más tarde, pero el frío iba a ser un problema. El sobrepantalón de Gore y el polar que había dejado junto al saco eran buenas prendas de abrigo… ¿Y si se ponía a nevar en mitad de la noche y perdía mis cosas, sepultadas en blanco?

Intento domar mis pensamientos. Me someto a la disciplina de caminar. Caminar. Caminar. La huella sube mucho, llego a 3.130 metros, quizá algo más. ¿Y si me he perdido del todo? No. No es posible. No me he podido desorientar tanto, sólo estoy cansado. Una estrella fugaz se extingue más allá del collado de Coronas. 

¿Será que voy por buen camino? Con ayuda de la débil luz de mi teléfono móvil cambio las pilas de mi linterna frontal, que no me permitía ver demasiado. Esto es otra cosa.

nieve y noche aneto

Pronto el esfuerzo recibe sus frutos, encuentro la sombra de una huella allá a lo lejos, en la oscuridad. Voy hacia ella como una flecha y compruebo si es mi vieja huella. Todo parece indicar que sí. 

Mido los surcos dejados por un bastón al lado de las pisadas y coinciden con las de mi bastón. Yo he pasado por aquí hace unas horas. Respiro aliviado y pego un grito de alegría que recorre la estela de la noche.

Desciendo a media ladera de glaciar por las pisadas de subida y voy perdiendo altura gradualmente. Ahora debo estar bajo el Pico de Coronas, aunque sigo sin poder verlo. Estoy algo más tranquilo, pero no es hasta un largo rato después, cuando ya me estaba planteando si me había vuelto a equivocar, cuando atisbo un bulto oscuro sobre la nieve. 

Corro hacia él. ¡Son mis cosas! Caigo de rodillas y le doy un beso al saco de dormir. Me quedo allí unos momentos; tengo muchísimo sueño.

Agarro el saco y lo cuelgo malamente de la mochila; el sobrepantalón y algún objeto más lo llevo en la mano. Luego me desplazo unos veinte metros y encuentro una roca del tamaño de una furgoneta. Me instalo a su vera; no ofrece demasiado cobijo, pero a estas horas poco me importa, estoy realmente rendido. Extiendo la esterilla y me meto dentro del saco. 

Devoro ávidamente dos latas de conserva y un poco de queso y embutido; por un instante añoro cenar caliente, aunque no me arrepiento de haber dejado el hornillo en el coche.

Ayer sábado dormí poco, trabajé y viajé mucho, apenas dormí hasta hoy para poder seguir viajando, y he subido el Aneto del tirón, con 1.600 metros de desnivel positivo. Una sonrisa de oreja a oreja denota mi alegría. Se ha pasado la tensión vivida en el glaciar por no poder encontrar mis cosas. 

Ahora el saco de dormir guarda todo mi calor y me ofrece una burbuja de confort en este escenario hostil. Observo la Vía Láctea y todas las estrellas que con suma nitidez dibujan el mapa de la galaxia. Ha sido un día duro. Ha sido un gran día. Estoy feliz. No tardo en caer dormido.

Abro los ojos un poco. Me siento mucho mejor físicamente. Miro el reloj y me sorprendo al averiguar que sólo ha pasado una hora y media. Son las once menos cuarto de la noche. Corre algo de brisa pero el cielo está intensamente estrellado. Me giro de medio lado y sigo durmiendo. Esta noche mi hotel es de millones y millones de estrellas.

2 DE NOVIEMBRE. Gota Fría.

El viento me ha despertado. Asomo la cabeza por encima del saco, es la una de la madrugada, la luna ha salido por el este y todavía tiene un resplandor amarillento. Está preciosa, intento sacarle una foto pero sale muy oscura. Me resguardo dentro de mi burbuja.

El viento se hace más fuerte. Miro el reloj, son las dos de la madrugada. Saco medio cuerpo del saco y miro más allá de la gran roca que me acompaña. La luz que proyecta la luna sobre los Pirineos siluetea el macizo de la Maladeta y la cima del Aneto… 

Bueno, diré más bien el lugar donde debería estar la cima del Aneto; una cascada de nubes es arrastrada por el vendaval de altura y está ganando metros al glaciar, tapando las cimas más altas. Maldición, la borrasca se ha adelantado. Barajo mis opciones y sé que la meteorología no va a mejorar de aquí a que amanezca, si en todo caso empeorará. 

No me quedan muchas alternativas sobre las que decidir. Actúo. Salgo del saco, me calzo las botas que, por cierto, están congeladas, y recojo todo dentro de la mochila. El termómetro revela que la temperatura del aire es de seis grados negativos (la sensación térmica es de más del doble bajo cero), y mi barómetro me indica una pérdida de presión. Ya no hay disputa posible. Dos y cuarto de la madrugada, abandono el vivac.

Sigo las huellas sobre el terreno, dejando atrás el glaciar y pisando ahora sobre roca y nieve. De vez en cuando echo una mirada atrás. 

Las nubes que trae consigo la Gota Fría van devorando cada vez más distancia, pronto lo cubrirán todo. Algunos solitarios copos de nieve llegan hasta mi posición.

Observo cómo el valle del glaciar se cierra al fondo por la Cresta de los Portillones mientras busco el paso del Portillón Superior. Un gendarme de roca, como un dedo izado sobre el cresterío, apuñala el cielo con su negra silueta. Negro sobre negro en una lucha de formas y sombras. El agudo colmillo de color obsidiana domina el Paso, y me llena de inquietud y presagios. Se me encoje un poco el corazón.

cresta portillones

La senda de regreso, más allá de los Portillones Superior e Inferior, se convierte en un auténtico laberinto carente de referencias o guías, y a partir de 2.700 metros de altitud la nieve deja de ser continua: ya no hay huellas. Me pierdo constantemente y me da por reinventar el concepto de caminar, transformándolo en un inestable, frustrante y torpe bailoteo repleto de resbalones y caídas. 

Sobre casi la totalidad de las rocas graníticas que salpican el terreno existe una película de humedad congelada, allí donde no es un manantial de agua que ha quedado helado y supone una trampa prácticamente invisible.

Numerosas son las ocasiones en las que debo destrepar grandes piedras o arrastrarme entre vegetación. Tres horas después de haber dejado mi improvisado vivac, encuentro el primer hito que indica el verdadero camino. El alivio es inmenso.

Hace mucho frío y la luna revela algunos de los secretos de la noche. El Pico del Alba, con sus 3.107 metros de altitud, recorta perfil en el oeste y de vez en cuando las nubes conquistan su cima. Pronto se quedarán allí amarradas. La belleza de este cuadro me resulta indescriptible. El viento trae finos copos helados de cotas más elevadas.

A las cinco y media de la madrugada sobrepaso el refugio de la Renclusa. Todas las luces están apagadas, no hay nadie a la vista. A las seis de la madrugada, en la Plan d’Están, a 1.856 metros, el vendaval arrastra consigo agua y nieve.

Me descalzo y entro en la cama de mi Logan. Necesito dormir unas horas más. Dejo la mochila en un rincón y como un par de galletas. Mientras bebo agua me llega un SMS enviado ayer por un buen amigo montañero: «Eiii!!! Mañana se adelantan las lluvias/nieve!! Cuidado, que va a caer muchísimo. Avísame cuando bajes. Disfruta!!».

El viento sacude con fuerza el coche. Finalmente he sido más rápido que la borrasca. Por poco.


Contenido elaborado junto a apasionados del trekking de Decathlon. 


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