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Crónica de los Tres Gigantes PARTE III. Posets, 3.369 metros

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4 DE NOVIEMBRE. Ángel Orus – Posets.

Seis de la mañana, la voz del despertador del teléfono móvil es irritante y la apago a manotazos. El silencio se apoderar de cada rincón del oscuro refugio. Mi saco de dormir cruje con cada movimiento y casi parece la traca final de un espectáculo de fuegos artificiales. ¿Tanto ruido hace, o es mi impresión? Repto fuera de mi burbuja de calor y recojo la habitación en cuestión de unos minutos. Un rápido vistazo más allá de la ventana me revela… Nada. La noche es cerrada y no distingo ninguna forma allende la negrura. Al menos parece que ha dejado de llover.

Bajo las escaleras hasta la cocina libre, donde anoche dejé mis bártulos, y me caliento un café de sobre en la taza de aluminio. Abro un paquetito de galletas y las mastico sin mucha hambre, casi con el mismo desdén con el que ayer rumiaban las vacas que no me quitaron el ojo de encima cuando crucé el claro de la cascada d’Espigantosa

Mi mirada está perdida en el infinito cósmico de la cocina, clavada en un punto indeterminado. Sentado en una silla y abrigado con mi chaqueta de plumas, mis manos frías envuelven la taza caliente y el vapor que emana flota hasta mi rosto y me trae el aroma de café tostado. Es una excelente manera de comenzar el día, pienso. El silencio es sorprendente. Cuánta calma.

Salgo de Ángel Orus vestido de alpinista, con ropa de abrigo y las botas golpeando el suelo con determinación. Me encamino hacia el sendero y leo un epígrafe que estima en cuatro horas y cuarto la cima del Posets, a 3.369 metros de altitud. La linterna frontal va enfocando la vereda sinuosa, que empieza fuerte, todo hay que decirlo. En seguida alcanzo la cota de nieve y empiezo a trotar sobre el blanco frío. Continúo mientras el cielo comienza a clarear. Hacia el este el firmamento arde en una explosión de rojos. No sé qué macizo será aquél que resta fuerza al sol naciente, pero es precioso. 

El camino me sitúa ante una bifurcación, donde me detengo a leer el mapa y descubro que estoy en la intersección de Gorgues de Llardaneta. La nieve virgen lo cubre todo y me impide distinguir el trazado de la senda. Un puñado de nubes perezosas se agolpa en lo alto, en las cotas más elevadas, hacia el oeste, agarrándose con firmeza sobre las cimas de Pavots, las Espadas y la Tuca de Llardaneta, tresmiles todas ellas; y también hacia el norte, justo encima de la Sierra de Llardana. Tengo que ir por la ruta de la derecha, eso es seguro, así que me decido y prosigo en esa dirección. Aquí comienza el primer error del día.

amanecerAbro huella y cruzo un puente de metal retorcido por la fuerza de algún antiguo alud. Mis huellas quedan grabadas en su superficie lisa mientras el sol despunta por levante y arranca brillos a las aterciopeladas formas de nieve nueva. Una generosa capa de azúcar blanca recubre cada centímetro de monte y se adhiere de manera extraordinaria a las paredes norte de los picos del Forcau

El paisaje es de postal, de postal de las buenas. Todo es para mí, todo se abre ante mis ojos. El sol le saca los colores y las nubes se retiran por fin después de haber estado liberando su blanco tesoro durante casi tres días. La espera del anticiclón ha merecido la pena, la montaña premia mi perseverancia. Ahora el valle me pertenece, y yo le pertenezco a él. 

Camino con energía, motivado, abriendo un rastro cada vez más profundo, directamente hacia el norte. Sospecho que la ruta no va por aquí. Pienso que tal vez sean sólo imaginaciones mías. Algún girón de nube esconde la forma del fondo de valle. Esto me confunde. No consulto el mapa. Éste es mi segundo error.

Prosigo hacia la sierra que se levanta ante mí y la rodeo, una vez más, por la derecha. Comienzo a ganar altura a gran velocidad. El sol ha vencido definitivamente a la noche y brilla con timidez, pero más y más fuerte a cada minuto que transcurre. Protejo mis ojos con unas gafas oscuras y me permito quitar algo de ropa de abrigo. Admiro las montañas blancas, la soledad que me rodea. Los ríos corren entre peñascos blancos, la nieve se funde al sol y se hiela a la sombra. Puedo sentirlo.

Rodeo la pared casi vertical que tengo delante y prosigo la ascensión. Supero una zona de ondulaciones, de sube y baja, que me hace jadear. Empiezo a creer seriamente que he tomado una ruta equivocada. Me detengo en lo alto de un montículo, a más de dos mil seiscientos metros de altitud, y saco el mapa. ¿Cómo es posible que tenga delante toda esta cantidad de lagos de montaña? Intento encontrarme en el plano mientras mastico algo de embutido y de queso. 

Blasfemo. Definitivamente me he equivocado. En el momento de la bifurcación no he escogido la ruta de la derecha, sino que directamente he ido hacia la derecha, sin trampa ni cartón, fuera de cualquier senda. Algún hito diseminado ha alimentado mi desliz y me ha hecho pensar que no iba tan mal. La nieve virgen cubriendo el camino original, y yo a mi libre albedrío. 

¿Resultado? Extraviado. El Posets lo tengo en frente, lo veo en el mapa y también con mis propios ojos. Ya no hay nubes que estorben. Lo veo alto y claro. Muy alto, y demasiado claro. Por aquí no puedo seguir; son casi novecientos metros de muralla insuperable. El ibón de Turma, de Ferradura, el de les Alforches y toda la Plan d’es Ibons no me dan pie a una nueva equivocación. Sé dónde estoy, y me encuentro lejos de mi rumbo. He gastado mucho tiempo y energía en este trazado, desandar todo podría llevarme horas, así que decido atajar e ir directamente hacia la Sierra de Llardana, ahora a mi espalda. 

Veo un paso entre la Tuca Baixa y la Tuca Alta. Uf, es una sierra portentosa, un estallido de roca nevada de afiladas formas. Meterme ahí solo… Bueno, voy a intentarlo. Me encamino hacia allí, contento; el collado no parece tan inaccesible. ¿Hace falta decirlo? Éste es mi tercer error del día.

perdido

Asciendo trepando entre farallones traicioneros y rato después me poso sobre el borde superior de la cresta de Llardana, muy por debajo de la Tuca Baixa, donde realmente quería ir a parar. Aunque lo tengo claro, busco desesperadamente una ruta de continuidad. ¿Por aquí? No. ¿Por allí? Imposible. ¿Tal vez si…? «Déjalo», me digo. Asumo la realidad. 

Estoy en el filo de una peligrosísima arista nevada, nadie sabe que estoy justamente aquí, y el vacío se abre cientos de metros de caída a medio paso de distancia. Cualquier resbalón podría ser fatal, y ya llevo unos cuantos en mi expediente del día. La nieve poco colmatada no es firme, y la roca bajo ella resulta altamente resbaladiza. Para abajo, chico, ya has hecho lo que podías en esta arista, seguir hacia delante es una insensatez. Resulta que después de todo el collado sí era inaccesible.

Destrepo con precaución la cresta hacia el norte e intento perder el mínimo desnivel posible antes de efectuar mi magistral reentrada en el valle correcto. He perdido más de tres horas dando vueltas, y aún tengo que llegar al camino cimero que, ya sí, se presenta claro a mi juicio y a mi orientación. Intento impedir que se melle la moral y me alimento de la belleza del lugar, pero sobre todo me regocijo pensando en la suerte que he tenido al poder catar en primera persona el solecito después del paquete de nieve dejado por la Gota Fría. Cada paso merece la pena.

puente-retorcidoMiro el reloj, todavía tengo tiempo de tocar cima, aunque el sol recuece la nieve y ésta se traga mis botas a cada pisada. Las polainas cumplen su función sin tacha y mantienen la humedad lejos de mis pies. Rodeo la Sierra de Llardana por el sur, como debería haber hecho desde el principio, y me encamino por la Canal Fonda hacia el collado del Diente.

Tras un largo tiempo de bregar a capa y espada contra la nieve profunda, es duro de reconocer, pero empiezo a pensar que el día de hoy me privará de la cumbre del Posets. Jadeo con fuerza. El cielo brilla con un azul intenso y la nieve es pura, nítida. Remonto la Canal y gasto mis energías en la lucha sin cuartel que libro frente a la pendiente. 

Las paredes a mi alrededor son presa del incremento de la temperatura y van soltando pequeñas volutas de hielo que ruedan pendiente abajo o se hunden en el lecho blando y húmedo. El mundo parece deshacerse en surcos de agua. Yo también. Sudo considerablemente.

El collado del Diente está presente todo el tiempo, impertérrito, allá arriba, a tresmil metros. Parece que por mucho que suba, por mucho que camine, por mucho que avance, no se aproxima a mí lo más mínimo. Siempre está ahí, a la misma distancia. Exasperante. 

Me detengo a recobrar el aliento en dos ocasiones. El paisaje me cautiva. Me muevo una vez más. Por fin, tras una eternidad haciendo acopio de paciencia y tirando de tesón y riñones, alcanzo el collado del Diente, a 3.010 metros de altitud. Me siento sobre la nieve, o más bien me dejo caer, sofocado, y bebo gran cantidad de agua.

Hacia el norte la pendiente trepa por la Espalda de Posets directamente hasta su cima, casi cuatrocientos metros más arriba. Apenas una hora me separa de la cumbre ansiada. Rechino los dientes. No quiero seguir avanzando, o se hará tarde, pero algo dentro de mí me dice que lo intente, que lo haga, que siga. ¿Qué debo hacer?

Hacia el sur, a unos pocos cientos de metros, se levanta un torreón magnífico, esbelto y afilado: el Diente de Llardana, con sus 3.094 metros de altura sobre el nivel del mar. Es un espectáculo.

Las montañas que me rodean, el circo glacial que une Posets con las Espadas, ese Diente de Llardana vestido de blanco que hiende el cielo con su arrogante belleza… Recupero la respiración del esfuerzo para que el paisaje me la arrebate una vez más. 

¿De verdad estoy aquí, contemplando todo esto? No es el terreno de los hombres, este es un escenario de leyenda, una tierra de gigantes, y yo soy un enano, un insignificante caminante que está de paso para intentar llevar consigo el relato y la experiencia del cielo y sus formas. ¿Existe tarea más loable? ¿Existe tarea más imposible?

No subiré a la cima del Posets. Creo que Posets no quiere que nadie suba hoy a su cima. Por eso tal vez haya guardado nubes en las alturas durante la mañana, escondiéndome el camino correcto, impidiéndome que me encontrase en el mapa, desorientándome a propósito. La montaña es caprichosa, ¿quién soy yo para cuestionarla? Sólo tengo un par de piernas para moverme, nada más. Posets tiene el resto.

 

Continuará…


Contenido elaborado junto a apasionados del trekking de Decathlon. 

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