Crónica de los Tres Gigantes: PARTE IV. Posets, 3.369 metros

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Admiro los dibujos que la nieve graba sobre las oscuras rocas, ahogadas ahora en tonos blancos. No sé cuánto tiempo paso aquí, sentado, mirando el Diente de Llardana. Siento la necesidad de subirlo, es un deseo súbito y enfermizo. Me contengo, no me apetece morir hoy. En condiciones normales no es un tres mil demasiado complicado, pero en estos momentos exige asegurarse con cuerda en algunos pasos delicados. La cima del Posets me vigila desde lo alto, midiendo mis cavilaciones.

Siento su mirada clavada en mi nuca. Quizá tema que logre reunir el coraje necesario para subir. Pero no es una cuestión de coraje, sino de sentido común; vagabundeando por el valle incorrecto he perdido finalmente unas cuatro horas y media, y llegar al collado del Diente con esa vuelta extra me ha supuesto más desnivel positivo acumulado que si hubiera subido directo desde Ángel Orus hasta lo alto del segundo gigante del Pirineo. 

Todo el tiempo he ido lidiando contra nieve profunda, además, lo que me ha desgastado física y mentalmente. ¿De qué sirve negarlo? Así ha sido. Estoy cansado. Probablemente podría continuar hasta tocar el vértice, luego bajaría y me iría al Logan para seguir adelante con mi viaje. Pero entonces acabaría rendido. ¿Para qué? He visto hoy muchos paisajes. He disfrutado y exprimido cada instante. Además, conozco mi cuerpo, que me pide un respiro. Hoy no es el día.

Permanezco sentado sobre la nieve. Qué extraño renunciar a la cima y seguir aquí, aun sabiendo que ya sólo me espera bajar, dando a partir de este momento un paso tras otro hacia lugar seguro, hacia la tierra dominada por el hombre, donde el riesgo es mínimo. El sol recalienta mis ropas y mantiene a raya la sensación de frío. Ignoro qué temperatura rondará en el aire, pero calculo que oscilará entre los 2ºC y los 4ºC, quizá algo más gélida cuando se mueve el viento. 

Tomo un considerable número de fotografías y arrojo un último vistazo al Posets. ¿De qué manera rompe esto mis planes? Veamos; asumir que se va a subir a un monte es asumir que quizá no se pueda subir a dicho monte. Es ley. Existen tantas variables… Y no siempre se trata de perseverar, de persistir. ¿Qué diferencia hay entre hacer cima y no hacer cima? A veces lo pienso. No comprendo a quienes insisten en seguir escalando y escalando aun cuando la propia integridad se puede ver comprometida. Hoy no es el caso, imagino, si bien es cierto que con el cansancio la probabilidad de cometer un error aumenta exponencialmente.

Había elegido esta semana con la idea de subir los tres gigantes. El Aneto ya forma parte de mi recuerdo y de mi experiencia, eso nadie podrá arrebatármelo. El Posets… Siguiendo el hilo de mis pensamientos de anoche, mientras conciliaba el sueño, sabía que me iba a plantear un reto, sabía que esta montaña tenía muchas opciones de ser mi espinita clavada. Éste era el gigante más susceptible de no poder ser culminado. He cometido tres errores, tres malas decisiones que me han demorado más de lo debido. 

Quizá con sólo un error, o con dos, aún podría haber estado dentro del margen de maniobra. Pero tres han sido demasiados. Tres errores me han hecho aprender bien lo bonito y grande que son el Ball de Llardaneta y el Ball des Ibons; tres errores me han mostrado dos diferentes vertientes del Posets, y su voluntad de permanecer inmutable durante el día de hoy.

Parece que me toca regresar sin esta cima. Sin embargo todavía me queda un gigante: Monte Perdido. Por un momento centro mis pensamientos en él. La mayor dificultad a la que creo que me enfrentaré en esta última montaña, será a su temible paso conocido como la Escupidera. Entiendo que no es necesario mencionar porqué lo llaman así… De todas maneras es inútil adelantar acontecimientos, todavía. No sé en qué condiciones estará Monte Perdido después del frente de nevadas, y sólo se me ocurre una manera de averiguarlo.

Me levanto y sacudo la nieve que se me ha quedado pegada a las mallas de fibra polar. Extiendo por mi cara una papilla de crema con elevado factor de protección solar, ya que es el momento de máxima radiación del día y a la altitud en que me encuentro ésta es mucho más agresiva con la piel. Me pongo en marcha. Cada paso que doy me hace perder altura y me aleja del Posets. 

Aunque tengo mil argumentos para explicar por qué no me importa volver a Ángel Orus en vez de caminar hacia la cima, mil argumentos para señalar por qué no es relevante renunciar a la cumbre, se produce una tensión emocional dentro de mí. Pese a todo, y con todo, no puedo evitarlo. Supongo que es una cuestión innata de vanidad. Domino mis pensamientos, pero el instinto es fuerte.

He decidido no subir, y estoy contento con mi decisión. Posets no se va a mover de aquí, y bien sabe su nevada cima que no tardaré demasiado en asomarme desde su portentoso vértice. La curiosidad que siento por admirar el mundo desde allí arriba es inmensa, y ahora que he llegado hasta aquí y dado la vuelta sin más, será una golosina doblemente sabrosa. Pero siempre hay que dar la vuelta, ya sea antes o después de culminar una montaña. Y a mí me toca hacerlo ahora. 

¿Qué significa entonces izarse sobre una estéril cabeza de roca? Las montañas son el reflejo de la magnitud del ego del hombre. Unos ambicionan el mundo, otros sólo alcanzar un puñado de cimas carentes de nada. Y todos acabaremos igual. Absurdo, lo sé. Encaja perfectamente con la trayectoria coherente trazada por Franz Kafka: «si todo es absurdo, todo lo absurdo es lógico». La naturaleza del ser humano. Me abruma. Como tantas otras cosas, el alpinismo es un sinsentido en sí mismo, pero en sí mismo da sentido a aquello que nos justifica. Yo subo montañas, y me encanta. Con eso me basta para saberme vivo.

posets

La nieve está más húmeda que antes y engulle, hambrienta, cada paso que doy, devolviéndome a regañadientes los pies, y sólo después de un gran esfuerzo por mi parte. En unas semanas volveré al Posets y subiré a su cumbre; o quizá no, y el sol seguirá saliendo cada mañana. Pocas cosas son realmente importantes, el mundo debería dejar de llevarse las manos a la cabeza cada vez que se nos descose un botón. Trivialidades.

La Tuca Alta y la Tuca Baixa quedan a mi izquierda, más allá, y parecen espolones de tierra firme asomándose con soberbia veneración hacia el mar de nubes que se ha formado en los valles bajos, desde Benasque hasta más allá del Vall d’Arán y el Parque Nacional de Aigüestortes, en Cataluña. En cualquier momento espero divisar un velero de larga eslora y recio mástil surcando las espumosas olas de algodón.

El espesor de la nieve en altura delinea interesantes contornos y suaviza algunas de sus formas. La Canal Fonda se hace más corta en la bajada que durante la subida, casi parece un mal chiste: ¿quién se ha llevado parte de la pendiente mientras no miraba?

Pronto alcanzo el Ball de Llardaneta y camino paralelo al torrente de agua de idéntico nombre. El río ha engrosado su cauce habitual por la nieve fundida durante estas horas de relativo calor. Esta zona es más plana y aquí avanzar es un trabajo arduo y en ocasiones azaroso; la nieve es muy profunda.

El Ball de Grist, el mismo por el que subí ayer, se muestra de color verde y amarillento, con contadas salpicaduras de caoba tiñendo el vestido de algún árbol flemático. Es increíble ver cómo contrastan estos tonos con el inmaculado blanco más allá de la rasante del valle. El mar de nubes sigue con su lento proceso de invasión como resultado del choque de temperaturas entre las frías cotas altas y las templadas cotas bajas. La naturaleza busca su propio equilibrio danzando en armonía, jugando y divirtiéndose con sus riquezas naturales.

Pronto distingo el refugio Ángel Orus en la lejanía. Tendido sobre el límite de un declive herboso, rodeado de murallas de roca caliza y sereno en su construcción, desde esta posición parece el vigilante silencioso del Ball de Grist.

angel orus

En poco más de media hora alcanzo la pasarela metálica y me interno en la estancia de las taquillas, donde mis pertenencias aguardan. No hay rastro de ningún otro montañero, sigo siendo el único inquilino. Percibo exclusividad, de algún modo. Me descalzo las rígidas botas y subo las escaleras con los zuecos de goma.

En dos días quedaré rendido a la suerte de mi tercer gigante: Monte Perdido, un lugar cargado de leyenda. ¿Podré subirlo, o me lo impedirán las condiciones dejadas por la gran nevada de la Gota Fría?

Continuará…


Contenido elaborado junto a apasionados del trekking de Decathlon. 

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